Sueños de Macarena
Hola, mi nombre es Macarena, tengo 20
años y me quedan pocos otoños de vida, trabajo en “Club Paradise”, el
verdadero cielo para los hombres cuyas esposas los engañan con sus vecinos
esculpidos, sí, así es, trabajo en la Junquera, la Sodoma de Francia y
España, para los camioneros, ancianos y pubertos con entrepiernas aun por
desarrollar, es un verdadero paraíso, para mí no es más que un tártaro con
demonios y ángeles conviviendo juntos, y estúpidas sillas con formas extrañas
donde los hombres demuestran lo que no saben hacer.
No tienes que ser un genio para
descubrir que soy una ramera, o meretriz se te gustan las palabras
rebuscadas, y si no lo notaste, es porque aún no conoces el infierno disfrazado
de cielo, es decir que aun eres virgen.
Soy oriunda de Málaga, tierra donde el
destino se encargó de expulsarme para transformarme
en un simple objeto, reducida a juguete sexual por
hombres con aliento a estiércol en el pueblo español más querido por los
franceses “La Junquera”, de ante mano te digo que es una completa mierda.
Como de costumbre tengo el honor
en mi día a día de conocer a hombres envueltos en finas corbatas y otros en
andrajos, algunos son interesantes y otros no tienen ni diez centímetros de
felicidad, para mí todos los energúmenos que llegan al burdel son ogros con
caras bonitas y otros con caras de letrina, pero ninguno con corazón de carne,
todos con un objetivo claro “Saciar sus más repugnantes deseos”, o eso pensaba
hasta que conocí a un príncipe que vestía una chaqueta negra y dentro de la
chaqueta una camiseta para pesca deportiva, y es aquí donde empieza mi trágica historia
de amor.
Un día como cualquier otro, llegó al
paraíso, se sentó en una silla y con un gesto amable pidió una cerveza al
mesero, al cruzarse sus ojos con los míos sentí las cursis maripositas en el
estómago, con las cuales comprobé que si existe el amor a primera vista. Me
acerqué a él, y al mirar su escuálido cuerpo, algo me dijo que él era el hombre
que yo quería para mí, su rostro no era hermoso, pero sus ojos y su voz fue lo
más triste que yo haya presenciado en mi corta existencia.
Con voz taciturna y un poco trémula
dijo: -Hola, soy Nicolo.
Hola, mi nombre es Macarena. (Le dije con las mejillas
ruborizadas por un idilio bobo).
-Sabes, Macarena, eres la mujer más
olorosa que mi pronunciada nariz haya olfateado.
Yo reí prolongadamente del extraño
cumplido hasta que mis lágrimas rodaran por mis mejillas, era la primera vez
que alguien me había hecho llorar de risa.
-Jejeje, Nicolo, eres el flaco
más hermoso que mis ojos hayan visto jamás. Le dije con el corazón en las manos
a punto de entregárselo.
Conversamos mucho y desde ese instante
me prometí robarle el corazón. Lo quise llevar a la cama, lo quería para mí,
quería que su cuerpo se fusionara con el mío, deseaba sus besos, deseaba su
alma. Nicolo no pudo quedarse esa noche, solo me dejó de regalo, un beso frio
que se calentó al unir mis labios con los suyos. Uff fue como viajar al cielo,
sus lívidos labios se encarnecieron y mi corazón se sintió libre estando
encerrada aún en el paraíso.
Lugo de su triste partida me dispuse a
atender a un grupo de importantes hombres de negocios, los cuales excitados por
el erótico ambiente, se derretían en sus
infernales lujurias, balbuceando como perros cuando les ofrecen comida.
En una mesita rodeada por esos importantes idiotas, tuve que bailar sin pudor, aunque admito que sus rostros extasiados me perturbaban el
sosiego. En medio de los sensuales pasos observé como sus virilidades se
despertaban y llegué a la conclusión que lo único importante para muchos
hombres es aumentar su ego con el pleno ejercicio de utilizar sus mediocres dones. Esto es tan relevante para
los machos que hasta le ponen nombres, como si de una mascota se tratase.
Alcé la cabeza y levanté una pierna, y
por un instante fortuito, una maravillosa
escena divagó por mi imaginación.
En ella aparecía Nicolo, que con unas cuantas flores
blancas en las manos me invitaba a bailar, me invitaba a formar parte de su
regazo.
Un pellizco en el pezón me despertó de
mi tonto encantamiento. No supe cómo reaccionar en el instante, solo vi los ojos azules de un gordo depravado
que me comían perplejos. Un impulso extraño se apoderó de mí, y sin meditarlo
mucho le clavé el taco en su cara.
El hombre gritó de desesperación,
saliendo de su boca solo dos palabras que me estremecieron.
-¡Perra maldita!
-¡Perra maldita!
Me asusté muchísimo y mis lágrimas
brotan por mi polvorienta cara. Una amiga llamada Dixla, se acercó a
socorrerme.
-¿Qué te pasó Macarena, por qué
agrediste al cliente?
- Nada. Lo golpee porque me pellizcó los
pezones.
-Pero Macarena, nosotras estamos
acostumbradas a eso (dijo Dixla con su acento colombiano)
-Lo, sé pero el tio se lo merecía,
además…. No sé en realidad por qué lo hice, ¡Creo que mes estoy cansando de
estar aquí!
-Ya no diga más pues, vamos para la
recamara, venga que yo la acompaño.
Dixla me dejó en mi arrabal de
habitación y se fue a trabajar como de costumbre. De todas las chicas Dixla es
la que más trabaja, en Colombia tiene una familia enorme que mantener los
cuales piensan que ella se está destacando como modelo en Europa.
Me sentí cansada y extraña al mismo
tiempo, tuve una sensación de no pertenecer a ese lugar, las paredes y el viejo
diván, se movían como si tuvieran vida, las cosas empezaron a dar vueltas y caí
rendida en una espeluznante pesadilla. Mi cuerpo estaba muy débil y casi no se
movía, me arrastré unos metros en un lugar oscuro y vacío, pero más adelante
había una luz muy fuerte, como pude me acerqué a ella. Dentro del agujero
luminoso pude visualizar a una mujer que llevaba un hábito similares a los que
utilizan las monjas, no pude distinguir a que congregación pertenecía, solo la
blancura fulgurosa de la tela que
centellaba mis ojos, la mujer estaba dormida acostada en una humilde cama de
claustro, pero por la expresión de su rostro, deduje que algo la atormentaba,
baje la mirada y en su regazo estaba una rosa negra y el mismo diario que hoy
tengo en mis manos.
Grité de desesperación, sin embargo no
pude salir del sueño hasta que una voz omnipotente dijo.
-Macarena, Macarena.
-Despierta, despierta mujer.
De un salto abrí los ojos y me encontré
bañada en sudor con Camila a mi lado,
sin meditar mucho la abracé fuertemente.
Camila es una chica ecuatorina, de un
lugar llamado Loja, es una mujer verdaderamente bella e inteligente, la mezcla
perfecta.
-Macarena, en el salón te está
esperando un joven de nombre Nicolo.
-¡Nicolo!
-Por su emoción y la gran sonrisa que
pintada en su rostro, parece que está enamorado.
-¡Sí, Nicolo es un chico que conocí
ayer! (Dije con entusiasmo)
Por un instante había olvidado la
extraña pesadilla que me atormentaba, de la emoción salté de la cama y me
duché, para acicalarme después y quedar
muy bella.
Camila se fue a descansar y con voz
sabia dijo:
-Cuidado Macarena, el que se enamora
pierde.
No le presté importancia, porque sabía
que ella no creía en el amor.
Bajé al salón y ahí estaba él, en su
mano llevaba un ramo de las dalias más hermosas que haya visto, lo miré a la distancia y me
sonrió con ternura.
Él estaba en el mismo lugar de ayer, sentado mirándome con sus profundos ojos
cándidos.
Tuvimos una energética conversación y
decidimos escaparnos del lugar para pasear por el bosque y tener un rato de
armonía. Pensé precipitadamente que Nicolo era el hombre con el cual yo quería
pasar el resto de mi vida.
El bosque era todo verde, lleno de vida
por la llegada de la primavera, caminamos
hasta un gran madroño, nos tumbamos en el suelo y fuimos feliz por un momento.
Nicolo sacó de su mochila un pequeño cuaderno que para sorpresa mía, era idéntico al diario
en el que hoy estoy escribiendo. Dijo que tenía unos versos muy bonitos que
regalarme, yo ansiosa quise escucharlo y el sacó los versos más lindos de su
corazón, no me lo podía creer que siendo yo
una prostituta común, alguien se atrevería a alagarme tanto como un
caballero añora a su doncella.
Los versos y los besos fueron rodando
por nuestras pieles y las flores primaverales se aparataban del pasto donde
nuestros cuerpos reposaban, las nubes formaban siluetas y mi corazón latía como si de amor pudiera
morir. Me sentí como una verdadera princesa
de cuentos de hadas, él me sujetaba con sus finos brazos, haciéndome de su
propiedad por ese momento, nuestros cuerpos yacían desnudos empapados de un
sudor brillante que al reflejo del sol radiaba como zafiros, nos quedamos
dormidos, pero de pronto esa armonía se disipó, dándome vueltas la cabeza como
si me trasportara a otra dimensión, me senté y medité un poco los disparates que estaba pensando, pero mis
miedos crecieron cuando vi a mi príncipe.
Nicolo se encontraba con una daga
clavada en el corazón, grité y grité en medio de la nada, traté de auto calmarme,
pero todo fue en vano, mis miedos no cesaban. No podía soportar ver a Nicolo
muerto, no podía ver al amor de mi vida en ese estado.
Se me hizo tentadora la idea de abrazarlo y no soltarlo nuca jamás,
me regocije en su pecho y empuñé la daga hundiéndola en lo más profundo de su
torso, lloré desconsoladamente, mientras pequeñas imágenes me perturbaban.
En las imágenes salía yo apuñalando a
Nicolo y bebiendo su sangre, saboreaba cada gota de su oscura sangre, la conciencia
volvió a mí, grité porque estaba aterrada, no sabía si era una asesina o si estos
sucesos eran solo sueños.
Salí corriendo de la escena, corrí asustada, lo que para mí había sido un homicidio en realidad solo era un perfecto delirio, pues
al abrir los ojos veía a lo lejos a Nicolo durmiendo placentero a la sombra del
gran árbol, los cerraba y me veía a mí adsorbiendo la sangre de un hombre que
acababa de asesinar.



Comentarios
Publicar un comentario